La vida es como un río que constantemente cambia su rumbo. En algunos tramos puede ser lento y tranquilo, pero, de pronto, se vuelve una corriente desenfrenada.
Este río de la vida nos obliga a aprender a esperar lo inesperado y a adaptarnos a su ritmo cambiante. Nos exige ser flexibles, abiertas, y aceptar que nada permanece igual, que todo está en constante cambio.
La vida constantemente nos murmura para despertarnos. A veces esos susurros llegan a través de otras personas que sirven de mensajeros. En ocasiones escuchamos, otras, los ignoramos.
Las mujeres a veces vemos lo que nos conviene, ocultamos nuestras emociones y dejamos de lado lo que es más provechoso para nosotras. Olvidamos que el tiempo pasa rápido y que lo que ahora nos parece más cómodo, el día de mañana puede llegar a cansarnos.
Por eso, primero nos tenemos que querer nosotras, cuidarnos, consentirnos, hacer lo posible por estar en paz con nosotras mismas.
Las madres somos el impulso para que los hijos salgan adelante y se conviertan en el ejemplo e inspiración para otros. Existen enseñanzas fundamentales que debemos inyectar para que tengan amor a sí mismos; es decir, una fuerte autoestima que los convierta en seres humanos de bien.
Eres una persona valiosa, inteligente y única. Por eso, no lo olvides: mereces apapacharte, hablarte con amor y ponerte como prioridad. Porque cuando una mujer se quiere y se valora, se le nota.
Impulsa y anima a tus hijos para valerse por sí mismos, enséñales a ver sus limitaciones como motivos para desarrollar una disciplina, no para sentirse menos que los demás.
Ale Velasco