El nacimiento de un bebé es una responsabilidad compartida. Aunque la naturaleza le da a la mujer el papel principal durante el embarazo, la crianza no es un camino que deba recorrer sola. Desde el inicio, ambos padres deben participar activamente en el cuidado del hijo, no sólo para fortalecer los lazos familiares, sino también para recuperar después su vida en pareja.
Es cierto que la conexión materna comienza desde el embarazo con movimientos, el bebé se vuelve una presencia constante. En cambio, para muchos papás, ese lazo se activa con mayor intensidad cuando lo tienen en brazos. Por eso, es fundamental que desde el nacimiento ambos se involucren en la alimentación, los cuidados, el juego y las rutinas. Si desde el inicio la mamá acapara todas las tareas, llegará el agotamiento y después será más difícil integrar al papá.
Los tiempos han cambiado. Hoy vemos a más hombres llevando carriolas, cambiando pañales y repartiendo besos y abrazos. ¡Y qué importante es esa presencia! Porque los niños necesitan también una figura paterna cercana, que les brinde ejemplo, ternura y dirección.
Educar a un hijo no es tarea exclusiva de uno. Se trata de acompañarse, de turnarse, de apoyarse en los momentos difíciles y, sobre todo, de dar lo mejor de cada uno sin competir, sin acaparar. Cuando la mamá lo permite y el papá se compromete, no sólo se cría con amor, también se rompe con estereotipos que por años han limitado a los hombres.
Educar en pareja no significa que todo será perfecto, pero sí más balanceado. Al compartir responsabilidades, también se comparten alegrías, retos y vínculos para toda la vida.